Desde que empecé este blog, me propuse que -más allá de los altibajos y vaivenes lógicos que conlleva la planificación, diseño, construcción y decoración de una casa-, el mismo mantendría un tono básicamente optimista y positivo, que resultara motivador para aquell@s lector@s que estuvieran considerando embarcarse en una aventura similar. Sin embargo, hoy tengo que consignar un episodio especialmente penoso; y no sólo para ser fiel a la realidad (sería lindo que el proceso de levantar una casa con nuestras propias manos sonase a cuentito de hadas, pero no resultaría muy creíble, ¿o sí?) sino también porque necesito al mismo tiempo desahogarme y escuchar opiniones objetivas, en un momento de completo shock emocional donde se me hace difícil razonar.
Todo empezó anoche, cuando un vecino de la costa nos alertó telefónicamente sobre ciertos movimientos extraños en los alrededores de nuestra construcción, que le hacían sospechar la presencia de personas ajenas. Como algunas de ustedes ya saben -por habernos comunicado vía mail- el jeep que sirve de transporte para desplazarnos hasta el terreno y llevar materiales sufrió un desperfecto importante, por lo que desde hace algo más de quince días la obra se encuentra otra vez detenida. Si bien en un principio el episodio me produjo no poca frustración, con el correr de los días lo fui aceptando como una especie de "señal" en el sentido de quitar un poco el pie del acelerador, especialmente cuando estamos atravesando lo más crudo del invierno austral y se hace dificultoso madrugar con sensaciones térmicas próximas a cero grados Celsius...
Pero la llamada de anoche vino a sacudir la tranquilidad con que finalmente habíamos aceptado este "forzado" receso invernal; así que hoy a primera hora, desafiando el frío, mi compañero se trasladó en moto hasta la playa a fin de evaluar in situ la situación. Una vez allí, comprobó que efectivamente nos habían hurtado varios tablones y otros efectos, y además que no habíamos sido los únicos visitados por "los amigos de lo ajeno": otro vecino también había notado la falta de materiales de demolición que almacena en su patio trasero. Tras una breve pesquisa por la zona, dieron con la explicación: a menos de media cuadra y a los fondos de una casa en ruinas, alguien había levantado una precaria construcción de madera y chapa utilizando -entre otros- los materiales hurtados.
La primera medida adoptada fue comunicarse telefónicamente con la Policía Militar de Chui, que supuestamente es quien se encarga de este tipo de hecho delictivo. Para nuestro asombro, se nos informó que "en el momento no podían hacer nada ya que la denuncia debía ser procesada y remitida a Santa Vitória do Palmar -centro administrativo de la región, ubicado a 30 km-, desde donde la enviarían a Porto Alegre, para que recién desde allí se dictaran las órdenes de procedimiento pertinentes" (cabe aclarar que en la zona donde se encuentra nuestra propiedad sólo hay presencia policial durante los meses de verano, dependiendo el resto del año de la PM de Chui, la cual por recortes presupuestales del nuevo gobierno estadual, también será próximamente eliminada). Ante ello, mi compañero y otros dos vecinos decidieron pasar a la acción y desarmar la improvisada construcción a fin de recuperar sus respectivas pertenencias; pero cuando se hallaban en esa tarea aparecieron dos individuos jóvenes y muy mal encarados, quienes comenzaron a increparles por el retiro de los materiales y a proferir todo tipo de amenazas no sólo a los presentes sino a sus familias -al mejor estilo de las películas-, enfatizando sus intenciones con una puñalada de advertencia que perforó el tanque de nuestra moto.
A esta altura tengo que explicar que mi compañero es -entre otras cosas- funcionario policial en Uruguay; y si bien en estos últimos años su desempeño como activista gremial y dirigente de su sindicato le exime de portar el arma reglamentaria, ello no significa que haya desterrado por completo el entrenamiento que lo impulsa a PROCEDER ante un hecho de estas características. No obstante, teniendo en cuenta que se hallaba fuera de su jurisdicción y que además nuestra filosofía familiar procura evitar por todos los medios cualquier confrontación violenta, optó por no repeler la agresión y en cambio encauzar el tema por las vías legales pertinentes. Pero a pesar de haber cumplido con todos los trámites burocráticos de estilo -como se supone que debe hacer cualquier ciudadano civilizado- y de pasarse la tarde íntegra en diferentes dependencias policiales, en definitiva nadie nos da una efectiva garantía de que estos hechos no se repitan en el futuro; de hecho, el consejo off the record de los propios policías brasileños es que los vecinos damnificados se junten y le "den una lección ejemplarizante" a estos malvivientes... (¿perdón? ¿alguien me metió sin permiso en la máquina del tiempo, y aterricé en el Far West?)
Lo cierto es que este episodio -que para algunas personas puede parecer de escasa gravedad- a mí me provocó un profundo impacto emocional. De pronto, me sorprendí preguntándome: "¿En realidad quiero vivir -especialmente con un niño- en un lugar donde los delincuentes se envalentonan a voluntad y no hay seguridad pública que proteja eficazmente a los ciudadanos de bien? ¿Seré capaz de convertir mi futura casa en el santuario de paz, armonía y espiritualidad que sueño, mientras convivo con el temor de que un día cualquiera aparezca uno de estos individuos y la incendie hasta los cimientos sólo por maldad?" Y sobre todo, ¿por qué justo yo, que siempre estoy pregonando y defendiendo -ante el escepticismo de mi pareja- la bondad y solidaridad natural de la mayoría de los seres humanos, tengo que venir a toparme con esta clase de gente que desafía y pone en tela de juicio mis principios más arraigados?
No, este no es un post "típico". Lo escribo desde el desconcierto, la ira, la impotencia y el miedo. Me cuesta entender que lo que a priori parecía un sitio encantador, sereno y paradisíaco, ideal para vivir y criar a mi hijo, se transforme de un momento a otro en una amenaza latente sólo porque algunos marginales se creen con derecho a adueñarse de lo que no les pertenece apelando a "la ley del más fuerte". Y aunque quienes me conocen saben que no suelo hablar de política -ni de fútbol ni de religión-, esta vez no puedo ser condescendiente porque sería una hipocresía: estoy convencida de que gran parte de la inseguridad en la que vivimos los uruguayos -y a la que, desgraciadamente, como buenos "sumisos" que somos, simplemente nos estamos acostumbrando en vez de combatirla- es directa consecuencia de las políticas populistas de gobernantes que, a ambos lados de la frontera y amparados en las banderas de la equidad y la inclusión, le han hecho creer a ciertos elementos de la sociedad que son "víctimas inocentes del capitalismo imperialista", y por tanto tienen derecho a vivir de gratis y a obtener todo lo que necesitan -o simplemente desean- ROBÁNDOSELO a "la gilada" (es decir, a los ciudadanos comunes que trabajan ocho o diez horas al día, pagan impuestos usurarios y tratan de hacer su vida sin molestar a nadie). Una interpretación muy libre de las viejas consignas de la izquierda sobre redistribución de la riqueza, si se me permite la ironía...
Como sea, este hecho me coloca frente a una encrucijada. El primer impulso fue publicar un aviso en Internet poniendo en venta el terreno tal como está -con la construcción a medio terminar- y reformular todo nuestro proyecto de futuro, incluso calibrando la posibilidad de irnos a otro país donde al menos se pueda vivir con un grado razonable de tranquilidad. Pero por otro lado, una parte de mí se resiste a la idea de malvender una propiedad que nos costó tantos sacrificios conseguir, y en la que hemos invertido no sólo todos nuestros ahorros, sino también un montón de trabajo e ilusiones... ¿Será una lección acerca de la falacia de aferrarse a posesiones materiales? ¿O más bien una triquiñuela del Universo para probar nuestro temple y voluntad frente a las dificultades? ¿Habrá alguna manera de "limpiar" la energía del lugar y continuar con nuestro proyecto original sin que queden resabios de esta experiencia tan desagradable, o será hora de levar anclas y empezar desde cero en otras latitudes? Es bienvenida cualquier opinión, consejo o idea que quieran aportar, realmente en este momento estoy demasiado aturdida para tomar decisiones...
Un beso a todas, y desde ya gracias por el aguante.
