"La puerta rechina un poco bajo la presión de mi mano. Apenas entrar, un perfume único me envuelve sutilmente: aroma a resina de pino mezclado con frambuesas recién cosechadas, ropa secada al sol, solvente de pintura y un cierto remanente de la salsa de anoche. Me quito los zapatos -sintiendo el impulso ancestral de quien ingresa a un santuario- y complacida apoyo mis pies descalzos sobre las baldosas rústicas, mientras me dejo abrazar por la energía del entorno: por fin estoy en casa."
Han pasado varios meses desde la última incursión por esta bitácora virtual. Fueron tiempos marcados por peripecias domésticas y espirituales, en los que recorrí caminos sinuosos e incluso llegué a cuestionarme el sentido mismo de ser bloguera. Contagiada por el entusiasmo de mi desmesurada amiga Paula, en algún momento supuse que valía la pena intentar abrir dentro del universo 2.0 un espacio un poco más "profesional": así nació Entre nosotras, un proyecto de intercambio vivencial destinado a compartir con otras mujeres conocimientos metafísicos y prácticos que he ido cosechando a lo largo de los años, y eventualmente dar lugar a un emprendimiento online orientado al crecimiento personal, familiar, laboral y espiritual, donde en mi calidad de "consejera intuitiva" -según la propia Paula dio en definirme- proporcionaría herramientas de autosuperación y empoderamiento femenino a través de videos, e-books, webinars, etc. (en resumen, como expresé alguna vez, una especie de "Albergue de las Mujeres Tristes" pero en versión virtual). Y como soy de las personas que no descartan ningún camino antes de haberlo recorrido al menos por un tiempo, me aboqué a la tarea con toda la voluntad y aplicación de una alumna esmerada...
No voy a alargar inútilmente la historia: al cabo de tres semanas de calendarios editoriales estrictos, exhaustiva investigación (porque había que variar los temas para no aburrir), escritura a conciencia -incluso variando mi estilo habitual, que empezó a parecerse sospechosamente al de mi mentora-, complicadas estrategias de promoción en redes sociales y romances más o menos tortuosos con conceptos como visibilidad, estadísticas, newsletters y lista de suscriptores, un acceso de fiebre de origen desconocido que me postró en cama durante seis días obligó a mirarme al espejo y admitir lo evidente: no soy, ni quiero ser, una bloguera "pro". Para ser exacta, mi proverbial extremismo me llevó a preguntarme seriamente si valía la pena seguir siendo bloguera a secas... Y como acostumbro hacer cada vez que un cuestionamiento existencial perturba mi espíritu, decidí tomarme un tiempo de retiro en el monasterio interior, aislada casi por completo del universo virtual y ensimismada en el trajinar cotidiano (ya lo dijo Sarah Ban Breathnach: las tareas domésticas pueden transformarse en una estupenda forma de meditación), hasta hallar dentro de mí misma las respuestas que buscaba.
¡Y vaya si las encontré! Descubrí, por ejemplo, que me parezco más a una maratonista que a una corredora de 100 metros: si bien poseo la resistencia y perseverancia para afrontar un esfuerzo sostenido y un paso constante durante muchos kilómetros, la velocidad o inmediatez (condiciones esenciales en el "universo paralelo" de Internet y las redes sociales) no son para nada mi fuerte, y de hecho me abruman completamente. Ya lo he confesado en reiteradas oportunidades: soy una persona de temperamento SLOW, por tanto cualquier actividad real o virtual que implique celeridad o apresuramiento me resulta inevitablemente estresante; y después de haber convivido a diario con el estrés por un cuarto de siglo -primero como estudiante y luego como profesional- hasta el punto de poner en serio riesgo mi salud física y mental, en esta etapa de mi vida ELIJO divorciarme definitivamente de ese conviviente tóxico y mantenerlo, dentro de lo posible, a prudencial distancia (por ejemplo me niego visceralmente a conducir un auto, aun a riesgo de transformarme a futuro en una patética parodia de Driving Miss Daisy...)
Por otro lado -y aunque me llevó algo más de tiempo-, finalmente alcancé a comprender que no tengo por qué sentirme frustrada o fuera de foco porque mis intereses o formas de expresión no vayan "con la corriente". En otras palabras: el hecho de que casi todo el mundo pronostique que el éxito laboral presente y futuro está condicionado a saber moverse en un mundo globalizado y a manejar eficientemente la realidad virtual generada por Internet, no necesariamente significa que eso sea verdad para mí... y de hecho NO LO ES. Si bien me apasiona la perspectiva de aplicar mi natural empatía para orientar y motivar a las personas en general -y a las mujeres en particular- a fin de que logren un mayor bienestar en todos los aspectos de su vida, comparando diez años de experiencia como terapeuta Reiki con este brevísimo rol de "consejera intuitiva virtual" llegué a la conclusión de que para que mi tarea realmente rinda frutos es imprescindible el contacto físico directo, presente, sensorial. Aunque haya hoy por hoy miles de "emprendedores" ganándose legítimamente la vida con una variopinta oferta de cursos y programas de autoayuda online, a mí no me basta con escribir -y tal vez, excepcionalmente, disertar- con aires de lejana autosuficiencia desde el otro lado de una pantalla. Necesito mirarte a los ojos mientras conversamos, compartir una taza de chocolate caliente o un té helado, tomarte de la mano, respirar a tu ritmo, acompañarte en una meditación, abrazarte si es preciso...
Y si te sorprende que te hable así, de tú a tú, déjame contarte que ese fue uno de los aprendizajes más valiosos de mi experiencia Entre nosotras: descubrí que me siento mucho más cómoda escribiéndote de primera a segunda persona del singular, en vez de los plurales que solía usar en el pasado para dirigirme a un público lector al que, en cierta forma, sentía indefinido y anónimo (¡gracias una vez más, Pau, por contribuir a que hallara un estilo mucho más auténtico!). Otra cosa que aprendí es que, más allá de mantener como bloguera mi habitual estética barroca, el contenido de los posts necesita un mínimo de limpieza y claridad para permitir su accesibilidad no sólo desde la PC sino también desde los nuevos compañeros tecnológicos que han invadido nuestra cotidianidad, como las tablet o los smartphones; así que a partir de ahora procuraré publicar en un formato y con un tipo de fuente más "tradicionales", para que puedas leerme cómodamente desde donde te encuentres y sea cual sea tu herramienta de acceso a esta comunidad virtual...
Porque a esta altura ya te habrás dado cuenta: después de pensármelo bien durante meses, la respuesta a mi pregunta de "si valía la pena seguir siendo bloguera" acabó siendo un rotundo SÍ. Aunque sea un sí condicionado a ciertas reglas -que dicho sea de paso, son prácticamente las mismas que aplico a mis diarios personales-: escribir cuando, cuanto y acerca de lo que me inspire cada momento particular de mi vida, sin presiones, agendas ni calendarios, sin contar visitas, planificar estrategias de marketing o tener en cuenta fluctuaciones de tráfico; o dicho en el lenguaje de Paula, enarbolando con orgullo y rebeldía subversiva mi bandera de bloguera hedonista.
Por eso, si bien no cerraré Entre nosotras (porque entiendo que el contenido allí incluido todavía puede resultar de interés y utilidad para potenciales lectoras, y porque no descarto reflotarlo a futuro, si las circunstancias lo ameritan), en este momento particular he preferido regresar a mi House of Belonging y retomar el propósito original de compartir contigo, paso a paso, cómo es posible construir desde cero un auténtico hogar/santuario para el cuerpo, la mente y el Alma... De ahí que hallara oportuno encabezar este primer post del año con una cita de mis "Páginas Matinales", donde plasmé una bella epifanía cotidiana inspirada en mi nueva casa, pero que también describe a la perfección las sensaciones experimentadas en el retorno al mundo blogger.
Por lo pronto, te adelanto que este incipiente 2016 nos empujó, como familia, a una decisión tan arriesgada como emocionante: mudarnos definitivamente a nuestro rincón costero, si bien la cabaña en sí misma todavía dista bastante de poder ser definida como una "vivienda habitable". Al igual que el fin de año anterior -cuando nos embarcamos en el alocado proyecto de construirla con nuestras propias manos y dentro de un presupuesto mínimo-, este pasado diciembre nos confrontó con una difícil disyuntiva: continuar pagando alquiler en la casa de Chuy y progresando a pasos de bebé en la construcción, o lanzarnos en caída libre a la aventura de la mudanza y así generar el ahorro necesario para acelerar las obras... Y una vez más elegimos el riesgo gozoso de la incertidumbre, aún a sabiendas de que durante unos meses probablemente debamos vivir en una suerte de "campamento improvisado" donde la palabra PROVISORIO parece haberse transformado en nuestro mantra diario. Si me preguntas, no sabría decirte si somos osados o estamos locos: probablemente haya un poco de cada cosa. Lo cierto es que, a pesar de las precarias condiciones de vida y por más que nuestro veraneo no se ajuste para nada a los cánones tradicionales, la estabilidad emocional que ganamos al estar "por fin en casa" -después de un año entero de tener dos domicilios y no VIVIR en ninguno- y la extraordinaria energía del lugar y su Naturaleza exuberante, nos llenan en cuerpo y alma de un regocijo difícil de explicar con palabras...
Pero de eso te empiezo a contar en unos días, ya que tengo un montón de pequeñas novedades por compartir tanto en texto como en imágenes (otra de las agradables sorpresas de las pasadas semanas fue que, incluso en medio de una mudanza, surgen "viñetas" de sencilla belleza que sólo esperan por un ojo avizor -y una cámara oportuna- para florecer en todo su esplendor). Por ahora me despido, deseándote un feliz comienzo de año y agradeciéndote una vez más por estar ahí... y si me esperas con paciencia, te prometo que prontito paso también a visitarte "como en los viejos tiempos". ¡Abrazos y mil bendiciones!
No voy a alargar inútilmente la historia: al cabo de tres semanas de calendarios editoriales estrictos, exhaustiva investigación (porque había que variar los temas para no aburrir), escritura a conciencia -incluso variando mi estilo habitual, que empezó a parecerse sospechosamente al de mi mentora-, complicadas estrategias de promoción en redes sociales y romances más o menos tortuosos con conceptos como visibilidad, estadísticas, newsletters y lista de suscriptores, un acceso de fiebre de origen desconocido que me postró en cama durante seis días obligó a mirarme al espejo y admitir lo evidente: no soy, ni quiero ser, una bloguera "pro". Para ser exacta, mi proverbial extremismo me llevó a preguntarme seriamente si valía la pena seguir siendo bloguera a secas... Y como acostumbro hacer cada vez que un cuestionamiento existencial perturba mi espíritu, decidí tomarme un tiempo de retiro en el monasterio interior, aislada casi por completo del universo virtual y ensimismada en el trajinar cotidiano (ya lo dijo Sarah Ban Breathnach: las tareas domésticas pueden transformarse en una estupenda forma de meditación), hasta hallar dentro de mí misma las respuestas que buscaba.
¡Y vaya si las encontré! Descubrí, por ejemplo, que me parezco más a una maratonista que a una corredora de 100 metros: si bien poseo la resistencia y perseverancia para afrontar un esfuerzo sostenido y un paso constante durante muchos kilómetros, la velocidad o inmediatez (condiciones esenciales en el "universo paralelo" de Internet y las redes sociales) no son para nada mi fuerte, y de hecho me abruman completamente. Ya lo he confesado en reiteradas oportunidades: soy una persona de temperamento SLOW, por tanto cualquier actividad real o virtual que implique celeridad o apresuramiento me resulta inevitablemente estresante; y después de haber convivido a diario con el estrés por un cuarto de siglo -primero como estudiante y luego como profesional- hasta el punto de poner en serio riesgo mi salud física y mental, en esta etapa de mi vida ELIJO divorciarme definitivamente de ese conviviente tóxico y mantenerlo, dentro de lo posible, a prudencial distancia (por ejemplo me niego visceralmente a conducir un auto, aun a riesgo de transformarme a futuro en una patética parodia de Driving Miss Daisy...)
Por otro lado -y aunque me llevó algo más de tiempo-, finalmente alcancé a comprender que no tengo por qué sentirme frustrada o fuera de foco porque mis intereses o formas de expresión no vayan "con la corriente". En otras palabras: el hecho de que casi todo el mundo pronostique que el éxito laboral presente y futuro está condicionado a saber moverse en un mundo globalizado y a manejar eficientemente la realidad virtual generada por Internet, no necesariamente significa que eso sea verdad para mí... y de hecho NO LO ES. Si bien me apasiona la perspectiva de aplicar mi natural empatía para orientar y motivar a las personas en general -y a las mujeres en particular- a fin de que logren un mayor bienestar en todos los aspectos de su vida, comparando diez años de experiencia como terapeuta Reiki con este brevísimo rol de "consejera intuitiva virtual" llegué a la conclusión de que para que mi tarea realmente rinda frutos es imprescindible el contacto físico directo, presente, sensorial. Aunque haya hoy por hoy miles de "emprendedores" ganándose legítimamente la vida con una variopinta oferta de cursos y programas de autoayuda online, a mí no me basta con escribir -y tal vez, excepcionalmente, disertar- con aires de lejana autosuficiencia desde el otro lado de una pantalla. Necesito mirarte a los ojos mientras conversamos, compartir una taza de chocolate caliente o un té helado, tomarte de la mano, respirar a tu ritmo, acompañarte en una meditación, abrazarte si es preciso...
Porque a esta altura ya te habrás dado cuenta: después de pensármelo bien durante meses, la respuesta a mi pregunta de "si valía la pena seguir siendo bloguera" acabó siendo un rotundo SÍ. Aunque sea un sí condicionado a ciertas reglas -que dicho sea de paso, son prácticamente las mismas que aplico a mis diarios personales-: escribir cuando, cuanto y acerca de lo que me inspire cada momento particular de mi vida, sin presiones, agendas ni calendarios, sin contar visitas, planificar estrategias de marketing o tener en cuenta fluctuaciones de tráfico; o dicho en el lenguaje de Paula, enarbolando con orgullo y rebeldía subversiva mi bandera de bloguera hedonista.
Por eso, si bien no cerraré Entre nosotras (porque entiendo que el contenido allí incluido todavía puede resultar de interés y utilidad para potenciales lectoras, y porque no descarto reflotarlo a futuro, si las circunstancias lo ameritan), en este momento particular he preferido regresar a mi House of Belonging y retomar el propósito original de compartir contigo, paso a paso, cómo es posible construir desde cero un auténtico hogar/santuario para el cuerpo, la mente y el Alma... De ahí que hallara oportuno encabezar este primer post del año con una cita de mis "Páginas Matinales", donde plasmé una bella epifanía cotidiana inspirada en mi nueva casa, pero que también describe a la perfección las sensaciones experimentadas en el retorno al mundo blogger.
Por lo pronto, te adelanto que este incipiente 2016 nos empujó, como familia, a una decisión tan arriesgada como emocionante: mudarnos definitivamente a nuestro rincón costero, si bien la cabaña en sí misma todavía dista bastante de poder ser definida como una "vivienda habitable". Al igual que el fin de año anterior -cuando nos embarcamos en el alocado proyecto de construirla con nuestras propias manos y dentro de un presupuesto mínimo-, este pasado diciembre nos confrontó con una difícil disyuntiva: continuar pagando alquiler en la casa de Chuy y progresando a pasos de bebé en la construcción, o lanzarnos en caída libre a la aventura de la mudanza y así generar el ahorro necesario para acelerar las obras... Y una vez más elegimos el riesgo gozoso de la incertidumbre, aún a sabiendas de que durante unos meses probablemente debamos vivir en una suerte de "campamento improvisado" donde la palabra PROVISORIO parece haberse transformado en nuestro mantra diario. Si me preguntas, no sabría decirte si somos osados o estamos locos: probablemente haya un poco de cada cosa. Lo cierto es que, a pesar de las precarias condiciones de vida y por más que nuestro veraneo no se ajuste para nada a los cánones tradicionales, la estabilidad emocional que ganamos al estar "por fin en casa" -después de un año entero de tener dos domicilios y no VIVIR en ninguno- y la extraordinaria energía del lugar y su Naturaleza exuberante, nos llenan en cuerpo y alma de un regocijo difícil de explicar con palabras...
Pero de eso te empiezo a contar en unos días, ya que tengo un montón de pequeñas novedades por compartir tanto en texto como en imágenes (otra de las agradables sorpresas de las pasadas semanas fue que, incluso en medio de una mudanza, surgen "viñetas" de sencilla belleza que sólo esperan por un ojo avizor -y una cámara oportuna- para florecer en todo su esplendor). Por ahora me despido, deseándote un feliz comienzo de año y agradeciéndote una vez más por estar ahí... y si me esperas con paciencia, te prometo que prontito paso también a visitarte "como en los viejos tiempos". ¡Abrazos y mil bendiciones!