"El hogar con el que siempre has soñado habita dentro de ti."
SARAH BAN BREATHNACH

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jueves, 30 de marzo de 2017

Keep walking

"Los caminos de la vida / no son lo que yo esperaba", se lamentaba Vicentico hace unos cuantos años. Y aunque no haya sido nunca de mis canciones predilectas, a la hora de ponerle cortina musical al largo silencio transcurrido desde mi última incursión por el universo blogger, la dichosa estrofa empezó a dar vueltas insistentemente en mi cabeza... 

Es que cuando -allá por diciembre de 2014- surgió la loca idea de construir una vivienda habitable desde cero y documentar virtualmente la aventura a través de estas páginas, creí honestamente que la parte más difícil del proceso sería el comienzo, sortear los obstáculos iniciales, tener que viajar a diario diez kilómetros de ida y vuelta, lidiar con las inclemencias del tiempo y los percances mecánicos, con el presupuesto escaso, la falta de idoneidad técnica y alguno que otro quebranto de salud; pero todo ello se vería compensado -me decía a mí misma en los momentos de flaqueza- cuando por fin pudiésemos mudarnos definitivamente a nuestra cabaña costera y comenzar una nueva vida. En mi fantasía creí que una vez instalados aquí, en pocas semanas la casa se manifestaría "mágicamente" tal cual yo la había soñado y proyectado con tanto amor; y entonces, ya olvidada para siempre del serrucho y el martillo, me dedicaría full time a disfrutarla y a hacer lo que más me ilusionaba: llenar de Belleza cada uno de sus rincones.


Sin embargo, la Magia y la realidad -al menos tal como se entienden habitualmente ambos conceptos- rara vez van de la mano; así que apenas nos acomodamos en ella, la casa soñada no tardó en mostrarnos una faceta mucho menos romántica. Sí, es verdad, teníamos techo sobre nuestras cabezas; pero apenas caía una lluvia medianamente intensa, las paredes sin revestimiento interior rezumaban humedad, y el agua se colaba por las esquinas de las ventanas, todavía carentes de contramarcos o postigones. Si bien la estructura general aparecía sólida y firme -de hecho, en pleno febrero soportó incólume un viento huracanado de gran intensidad, que derribó árboles y dañó estructuras de otras casas supuestamente más estables en la zona-, aquí y allá comenzaron a aparecer sus innumerables imperfecciones: tablas que se curvaban porfiadamente bajo el implacable sol estival, vigas que develaban ligeros errores de medición, contrapisos demasiado delgados para la base arenosa sobre la que se sustentaban y que empezaron a colapsar, hermosos suelos de madera que a la semana de haber sido colocados vivían cubiertos de polvo la mayor parte del día (conviviendo con dos perros, seis gatos y un niño en una casa sin veredas perimetrales, ¿qué otra cosa podría esperarse?). En resumen, más pronto que tarde todas mis ensoñaciones previas recibieron un baño helado de pragmatismo, y debí afrontar una verdad cruda, implacable, devastadora: mi amada casa no es, ni será nunca, digna de una portada de Jeanne D´Arc Living.


Entonces, comenzó a ganarme el cansancio y el desaliento. Cansancio, porque el cuerpo acusaba el ritmo vertiginoso de los meses previos, de viajes, madrugones y jornadas de trabajo extenuantes, y se negaba a seguir colaborando con el mismo entusiasmo; y desaliento, porque una serie de reveses económicos imprevistos hacían cada vez más cuesta arriba el avance de las obras (es que al final desistimos de cualquier financiamiento bancario, y cada etapa de la construcción la hemos ido solventando a fuerza de puro y duro ahorro). Así que, en vez de continuar con el maratónico cronograma de actividades que veníamos desarrollando hasta ese momento, decidí quitar el pie del acelerador, tomar los recaudos mínimos para sobrevivir decorosamente al invierno y dedicarme a recuperar energías, con la esperanza de retomar los planes constructivos una vez que el clima se tornase más benigno. Entre tanto, todas las preciosidades que había traído de mi casa anterior con la ilusión de engalanar la nueva -ropa de cama y mantelería antigua con bordados y puntillas, cuadros y adornos diversos, lámparas con caireles, platería, candelabros y piezas de porcelana inglesa, más los DIY que solía confeccionar para los Findes Frugales y una veintena de proyectos similares inéditos- quedaron apiladas en múltiples cajas y cajones dispersos por los rincones, sin que nada me motivara a desempacarlos... Para ser franca, estaba enojada: enojada con la casa por no ser todo lo perfecta que mi ansiedad demandaba, y conmigo misma por no poder hacer nada para remediarlo. De pronto me sentía como un barco varado en la playa: inútil, fuera de lugar y sin poder llegar a ningún destino concreto.


Pero los caminos de la vida aún tenían muchas lecciones para enseñarme; y 2016, que a priori se presentaba tan promisorio, terminó siendo ni más ni menos lo que numerológicamente estaba destinado a ser: un año de finales, más que de principios. A mediados de julio hube de dar el adiós definitivo a mi padre, quien -como me gusta decir- "se mudó al cuarto de al lado" tras perder su batalla contra una larga y penosa enfermedad, que en las semanas postreras lo había convertido en una triste sombra del hombre fuerte, orgulloso y batallador que supo ser...


Y más allá de los sentimientos encontrados (el dolor por la ausencia de alguien tan cercano y marcante en mi vida, y al mismo tiempo el alivio de saber que había logrado por fin romper las cadenas del sufrimiento), esta experiencia me sumió en profundas reflexiones existenciales acerca del desapego. Un concepto que se vería reforzado en los meses subsiguientes a través de otras pérdidas, quizá no tan trascendentes pero igualmente aleccionadoras: amigos que partieron inesperadamente dejándome un sabor agridulce en el corazón, mascotas queridas que debí ayudar en su transición a otro plano, proyectos y expectativas a los que tuve que renunciar porque ya no se ajustaban a mi realidad, objetos significativos en mi historia personal que cumplieron su ciclo y dejaron de pertenecerme.


Fue allí cuando la casa -sí, esa misma casa burda, inconclusa y llena de defectos contra la que tanto despotriqué-, se convirtió en mi fortaleza y santuario, una suerte de capullo protector donde la crisálida de mi Alma se refugió en soledad para restañar las heridas, asimilar los conocimientos adquiridos y, con algo de suerte, emerger algún tiempo después transformada y con alas nuevas para mis sueños.


He aquí lo que aprendí en este año y pico de retiro espiritual: a menudo los caminos de la vida nos llevan por direcciones bien diferentes de las que habíamos planeado. A veces seguimos caminos que nos hechizan a primera vista, pero que luego comprobamos no conducen a ninguna parte...


A veces, después de un rato de deambular sin ton ni son, caemos en la cuenta de que hemos estado caminando en círculos;


y otras veces, por distintas circunstancias, sentimos la necesidad de dar un paso al costado, o incluso hacia atrás (¡aunque sólo sea para tomar impulso!)


Algunas veces los rigores del camino nos llevan a sentirnos solitarias, casi aisladas del mundo...


... e incluso en ocasiones, cansadas de tanto andar, sin darnos cuenta nos perdemos a nosotras mismas por el camino.


Pero si no nos rendimos, si continuamos caminando a pesar de todos los pesares, tarde o temprano el camino nos devolverá benévolamente de regreso a donde pertenecemos...


...y no hay emoción más pura que la de reencontrarse con una misma, después de estar perdida por mucho tiempo!


Entonces, finalmente, comprendemos que la Belleza y la Magia no necesitan de ampulosidades para manifestarse, sino que anidan en las cosas más simples y cotidianas, incluso aquellas que otros considerarían "imperfectas"...


...y recordamos que, sin importar en qué etapa del camino nos encontremos, la auténtica Felicidad consiste en florecer cada primavera justo donde estamos plantadas!


Por eso, querida amiga, si todavía estás ahí quiero celebrar contigo este inesperado regreso a mi hogar virtual (aún cuando ella, la casa, todavía permanezca con la mitad de las paredes sin revestir, grietas en los pisos y cajas de cartón dispersas por los rincones); y también invitarte a caminar juntas un tramo más del sendero, como solíamos hacerlo años atrás...


Así, de paso honraremos al poeta inmortal que, hace más de un siglo, escribía con sabiduría infinita:

"Caminante, son tus huellas el camino y nada más:
caminante, no hay camino; se hace camino al andar..."


Nos leemos prontito. ¡Un millón de bendiciones!
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sábado, 20 de febrero de 2016

Saltar al vacío


Hoy es uno de esos raros días en que me siento frente a la página en blanco y las palabras se me resisten. 

En realidad, llevo más de una semana coqueteando con la posibilidad de escribir un nuevo post, tomando fotos y editándolas, redescubriendo a través del ojo curioso de la cámara estampas que empiezan a hacerse cada más habituales -y por ende, inadvertidas- y experimentando pequeñas epifanías cotidianas mientras contemplo con el corazón rebosante de gratitud cuánto hemos avanzado en esta aventura, que al principio se me antojaba casi quimérica. Sin embargo, a la hora de hilvanar una historia que les sirva de soporte, de intentar explicarte por qué me resulta significativa la imagen de una pared de madera desnuda o de un baño a medio revestir, mi habitual verborragia literaria se esfuma y temo caer en el ridículo y la sensiblería barata...


Como ya he dicho en oportunidades anteriores, creo que hay muchas formas de buscar el crecimiento interior al que todos, en cuanto seres humanos, aspiramos: algunos arman una mochila y se lanzan a recorrer el mundo sin mucho más que un mapa, una brújula y un diccionario -¡o a veces, incluso sin ellos!-; otros eligen la sagrada serenidad de un ashram para encontrarse a sí mismos a través de una vida silente y contemplativa; unos se abocan con pasión a una profesión, un deporte o una actividad artística en procura de la plenitud personal, y otros... otros construimos casas.


Dice Paulo Coelho en Brida que "cada perso­na, en su existencia, puede tener dos actitudes: construir o plantar. Los constructores pueden demorar años en sus tareas, pero un día terminan aquello que estaban haciendo. Entonces se paran y quedan limitados por sus propias paredes. La vida pierde el sentido cuando la construcción acaba".

"Pero existen los que plantan. Éstos a veces sufren con las tempestades, las estaciones y raramente descansan. Pero al contrario que un edificio, el jardín jamás para de crecer. Y, al mismo tiempo que exige la atención del jardinero, también permite que, para él, la vida sea una gran aventura".


Durante muchos años creí de buena fe que Coelho tenía razón, que sólo los "sembradores" eran sabios en sus elecciones de vida, mientras que los "constructores" estaban limitados por las dimensiones de su propia obra y tarde o temprano -al llegar al techo- todo aquello por lo que habían luchado y en lo que habían creído perdería significado. Sin embargo, en los últimos meses he descubierto que en realidad, construir y plantar son apenas dos caminos diferentes que conducen hacia un mismo destino; y que la aventura -y el aprendizaje- no residen tanto en lo que hagas, sino en cómo lo hagas. Así, hay jardineros que se limitan a sembrar cuatro plantitas en una terraza de un metro por un metro, y también hay constructores que nunca dan una obra por terminada (o mejor aún, que cuando finalizan una ya están con los planos en la mano para empezar otra nueva...)

Por eso, al menos en esta etapa, no me avergüenza asumirme como constructora. De hecho, siento con orgullo que en la misma medida que las paredes de mi casa crecen, se fortalecen también mis convicciones, mis ideales y mis sueños; que en cada uno de sus rincones encuentro un símbolo elocuente de mi propia maduración y re-conocimiento como mujer y como ser espiritual transitando una experiencia humana. Y que, en definitiva, el lugar físico donde habito representa mucho más que una estructura de cemento o madera; es un espacio sagrado, por cuanto constituye la manifestación material del "santuario interior", ese lugar sereno y apacible dentro de mí misma donde habita el Alma Esencial... 


Y sin embargo, estoy plenamente consciente de que la casa no soy yo. Por más energía, disciplina, esfuerzo, creatividad y amor que invierta día a día en ella, no pierdo de vista que es apenas una estación de tren, o la posada que me hospeda durante la noche en este tramo del peregrinaje. Al igual que las personas con las que nos relacionamos emocionalmente, las casas en las que vivimos nos sanan, cobijan y enriquecen en tanto somos capaces de apreciarlas como bonus tracks, es decir, como bendiciones deseables pero no imprescindibles que nos son dadas en determinados momentos de la vida para que la disfrutemos más y mejor. No obstante, si nos apegamos a ellas y comenzamos a sentir que constituyen nuestra única fuente de seguridad, si nos identificamos a nosotras mismas exclusivamente en función de ese lugar -o del rol que jugamos dentro de esa relación-, entonces dejan de ser un elemento positivo para convertirse en meras cadenas que nos esclavizan y nos impiden volar.


En el pasado cometí ese error varias veces: desde que abandoné el hogar paterno para estrenarme como esposa y "ama de casa" (en el sentido más amplio del término), de cada una de las viviendas donde me tocó habitar me enamoré perdidamente -truly, madly, deeply, como dice la canción-. A algunas de ellas (las alquiladas) las consideraba una especie de amantes apasionadas: por más que me sintiera extraordinariamente bien en su compañía, no perdía de vista que eran "ajenas" y que tarde o temprano regresarían a sus legítimos cónyuges. Con una (la regia casona que mandé construir acorde a mi recién adquirido estatus profesional, y cuya hipoteca se tornaría impagable tras la crisis económica de 2002) me "casé", suponiendo que era la definitiva, el lugar donde me asentaría, criaría hijos y envejecería. Sin embargo en todos los casos -años más, años menos- y por diversos motivos, tras una primera etapa de armonía y buena convivencia comenzaron a suscitarse "riñas y disputas cada vez más frecuentes", que a la larga devinieron en "diferencias irreconciliables que hacen insostenible la vida en común". Y cada separación significó un duelo emocional que sólo el tiempo (y un nuevo "amor") fueron capaces de mitigar, al menos en parte.


He aquí mi aprendizaje más reciente: no existe eso que llamamos "estabilidad". A mí, y seguramente también a ti, nos han enseñado que una de las señales de madurez emocional consiste en alcanzar un determinado statu quo: un trabajo estable, una vivienda estable, una pareja estable. Sin embargo, ¿cuántos trabajos "estables" se pierden a diario por empresas que quiebran, reducciones de presupuesto o simplemente por avances tecnológicos que sustituyen mano de obra? ¿Cuántas viviendas "estables" acaban arrasadas por inundaciones, incendios y huracanes, o subastadas por acreedores, o malvendidas por rencillas familiares? ¿Cuántas parejas "estables" que se unen con pompa y ceremonia bajo el juramento de hasta que la muerte nos separe, terminan arrancándose los ojos en los tribunales apenas un par de años después?

Así pues, no debería asustarnos tanto la palabra PROVISORIO... ¡al fin y al cabo, todo es provisorio en esta vida, hasta el mismo hecho de estar vivos! Si la felicidad residiera en alcanzar objetivos definitivos e inmutables, nadie tendría la posibilidad de ser auténticamente feliz, porque la vida es perpetuo cambio y tu mundo puede volverse de cabeza en el momento en que menos lo esperas...


De ahí que esta vez -más sabia o más cobarde, no sabría decirte- elegí vivir en concubinato con mi nueva casa: una relación amorosa y comprometida, pero sin certificados de garantía; una convivencia que se construye día a día en el intercambio de enseñanzas y cuidados recíprocos, y que durará únicamente en tanto resulte positiva y enriquecedora para ambas partes. Decidí empezar a practicar el desapego desde el día mismo en que dimos el salto al vacío, cargamos todas nuestras pertenencias en un camión y nos mudamos a esta casa, por más que -como la Venus de Milo- sólo estuviera vestida "de la cintura para abajo", y nos ofreciera apenas las comodidades mínimas.


La amo profundamente, y no pasa un solo día en que se no lo demuestre, sea añadiendo algún elemento estructural, buscando crear rinconcitos decorativos aún en medio del caos y la precariedad general, o simplemente acicalándola tiernamente tras cada incursión constructiva (si piensas que edificar en madera es más "limpio", seguro nunca tuviste que surfear en aspiradora sobre altas olas de aserrín!) Y ella me retribuye con guiños de inesperada y sencilla belleza, me ofrenda los incipientes frutos de la tierra, y acoge en su regazo los juegos de mi niño.



Pero ambas lo tenemos claro: somos apenas compañeras de viaje; así, si en determinado momento nos toca separarnos, lo haremos sin dramas ni duelos, convencidas de que a cada una le esperará un destino mejor y más feliz. Por ahora, nos dedicamos a disfrutar a pleno del romance, con la complicidad del sopor veraniego y el murmullo del océano que nos acuna a ambas por las noches, mientras aguardamos, inmóviles y expectantes, ver pasar el haz de luz que surca el cielo desde el faro cercano...


Gracias por llegar hasta aquí; te envío un millón de bendiciones, y será hasta el próximo encuentro!
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domingo, 31 de enero de 2016

Aprendizajes


"La puerta rechina un poco bajo la presión de mi mano. Apenas entrar, un perfume único me envuelve sutilmente: aroma a resina de pino mezclado con frambuesas recién cosechadas, ropa secada al sol, solvente de pintura y un cierto remanente de la salsa de anoche. Me quito los zapatos -sintiendo el impulso ancestral de quien ingresa a un santuario- y complacida apoyo mis pies descalzos sobre las baldosas rústicas, mientras me dejo abrazar por la energía del entorno: por fin estoy en casa."
Han pasado varios meses desde la última incursión por esta bitácora virtual. Fueron tiempos marcados por peripecias domésticas y espirituales, en los que recorrí caminos sinuosos e incluso llegué a cuestionarme el sentido mismo de ser bloguera. Contagiada por el entusiasmo de mi desmesurada amiga Paula, en algún momento supuse que valía la pena intentar abrir dentro del universo 2.0 un espacio un poco más "profesional": así nació Entre nosotras, un proyecto de intercambio vivencial destinado a compartir con otras mujeres conocimientos metafísicos y prácticos que he ido cosechando a lo largo de los años, y eventualmente dar lugar a un emprendimiento online orientado al crecimiento personal, familiar, laboral y espiritual, donde en mi calidad de "consejera intuitiva" -según la propia Paula dio en definirme- proporcionaría herramientas de autosuperación y empoderamiento femenino a través de videos, e-books, webinars, etc. (en resumen, como expresé alguna vez, una especie de "Albergue de las Mujeres Tristes" pero en versión virtual). Y como soy de las personas que no descartan ningún camino antes de haberlo recorrido al menos por un tiempo, me aboqué a la tarea con toda la voluntad y aplicación de una alumna esmerada...


No voy a alargar inútilmente la historia: al cabo de tres semanas de calendarios editoriales estrictos, exhaustiva investigación (porque había que variar los temas para no aburrir), escritura a conciencia -incluso variando mi estilo habitual, que empezó a parecerse sospechosamente al de mi mentora-, complicadas estrategias de promoción en redes sociales y romances más o menos tortuosos con conceptos como visibilidad, estadísticas, newsletters y lista de suscriptores, un acceso de fiebre de origen desconocido que me postró en cama durante seis días obligó a mirarme al espejo y admitir lo evidente:  no soy, ni quiero ser, una bloguera "pro". Para ser exacta, mi proverbial extremismo me llevó a preguntarme seriamente si valía la pena seguir siendo bloguera a secas... Y como acostumbro hacer cada vez que un cuestionamiento existencial perturba mi espíritu, decidí tomarme un tiempo de retiro en el monasterio interior, aislada casi por completo del universo virtual y ensimismada en el trajinar cotidiano (ya lo dijo Sarah Ban Breathnach: las tareas domésticas pueden transformarse en una estupenda forma de meditación), hasta hallar dentro de mí misma las respuestas que buscaba.

¡Y vaya si las encontré! Descubrí, por ejemplo, que me parezco más a una maratonista que a una corredora de 100 metros: si bien poseo la resistencia y perseverancia para afrontar un esfuerzo sostenido y un paso constante durante muchos kilómetros, la velocidad o inmediatez (condiciones esenciales en el "universo paralelo" de Internet y las redes sociales) no son para nada mi fuerte, y de hecho me abruman completamente. Ya lo he confesado en reiteradas oportunidades: soy una persona de temperamento SLOW, por tanto cualquier actividad real o virtual que implique celeridad o apresuramiento me resulta inevitablemente estresante; y después de haber convivido a diario con el estrés por un cuarto de siglo -primero como estudiante y luego como profesional- hasta el punto de poner en serio riesgo mi salud física y mental, en esta etapa de mi vida ELIJO divorciarme definitivamente de ese conviviente tóxico y mantenerlo, dentro de lo posible, a prudencial distancia (por ejemplo me niego visceralmente a conducir un auto, aun a riesgo de transformarme a futuro en una patética parodia de Driving Miss Daisy...)


Por otro lado -y aunque me llevó algo más de tiempo-, finalmente alcancé a comprender que no tengo por qué sentirme frustrada o fuera de foco porque mis intereses o formas de expresión no vayan "con la corriente". En otras palabras: el hecho de que casi todo el mundo pronostique que el éxito laboral presente y futuro está condicionado a saber moverse en un mundo globalizado y a manejar eficientemente la realidad virtual generada por Internet, no necesariamente significa que eso sea verdad para mí... y de hecho NO LO ES. Si bien me apasiona la perspectiva de aplicar mi natural empatía para orientar y motivar a las personas en general -y a las mujeres en particular- a fin de que logren un mayor bienestar en todos los aspectos de su vida, comparando diez años de experiencia como terapeuta Reiki con este brevísimo rol de "consejera intuitiva virtual" llegué a la conclusión de que para que mi tarea realmente rinda frutos es imprescindible el contacto físico directo, presente, sensorial. Aunque haya hoy por hoy miles de "emprendedores" ganándose legítimamente la vida con una variopinta oferta de cursos y programas de autoayuda online, a mí no me basta con escribir -y tal vez, excepcionalmente, disertar- con aires de lejana autosuficiencia desde el otro lado de una pantalla. Necesito mirarte a los ojos mientras conversamos, compartir una taza de chocolate caliente o un té helado, tomarte de la mano, respirar a tu ritmo, acompañarte en una meditación, abrazarte si es preciso...

Y si te sorprende que te hable así, de tú a tú, déjame contarte que ese fue uno de los aprendizajes más valiosos de mi experiencia Entre nosotras: descubrí que me siento mucho más cómoda escribiéndote de primera a segunda persona del singular, en vez de los plurales que solía usar en el pasado para dirigirme a un público lector al que, en cierta forma, sentía indefinido y anónimo (¡gracias una vez más, Pau, por contribuir a que hallara un estilo mucho más auténtico!). Otra cosa que aprendí es que, más allá de mantener como bloguera mi habitual estética barroca, el contenido de los posts necesita un mínimo de limpieza y claridad para permitir su accesibilidad no sólo desde la PC sino también desde los nuevos compañeros tecnológicos que han invadido nuestra cotidianidad, como las tablet o los smartphones; así que a partir de ahora procuraré publicar en un formato y con un tipo de fuente más "tradicionales", para que puedas leerme cómodamente desde donde te encuentres y sea cual sea tu herramienta de acceso a esta comunidad virtual...


Porque a esta altura ya te habrás dado cuenta: después de pensármelo bien durante meses, la respuesta a mi pregunta de "si valía la pena seguir siendo bloguera" acabó siendo un rotundo SÍ. Aunque sea un sí condicionado a ciertas reglas -que dicho sea de paso, son prácticamente las mismas que aplico a mis diarios personales-: escribir cuando, cuanto y acerca de lo que me inspire cada momento particular de mi vida, sin presiones, agendas ni calendarios, sin contar visitas, planificar estrategias de marketing o tener en cuenta fluctuaciones de tráfico; o dicho en el lenguaje de Paula, enarbolando con orgullo y rebeldía subversiva mi bandera de bloguera hedonista

Por eso, si bien no cerraré Entre nosotras (porque entiendo que el contenido allí incluido todavía puede resultar de interés y utilidad para potenciales lectoras, y porque no descarto reflotarlo a futuro, si las circunstancias lo ameritan), en este momento particular he preferido regresar a mi House of Belonging y retomar el propósito original de compartir contigo, paso a paso, cómo es posible construir desde cero un auténtico hogar/santuario para el cuerpo, la mente y el Alma... De ahí que hallara oportuno encabezar este primer post del año con una cita de mis "Páginas Matinales", donde plasmé una bella epifanía cotidiana inspirada en mi nueva casa, pero que también describe a la perfección las sensaciones experimentadas en el retorno al mundo blogger.


Por lo pronto, te adelanto que este incipiente 2016 nos empujó, como familia, a una decisión tan arriesgada como emocionante: mudarnos definitivamente a nuestro rincón costero, si bien la cabaña en sí misma todavía dista bastante de poder ser definida como una "vivienda habitable". Al igual que el fin de año anterior -cuando nos embarcamos en el alocado proyecto de construirla con nuestras propias manos y dentro de un presupuesto mínimo-, este pasado diciembre nos confrontó con una difícil disyuntiva: continuar pagando alquiler en la casa de Chuy y progresando a pasos de bebé en la construcción, o lanzarnos en caída libre a la aventura de la mudanza y así generar el ahorro necesario para acelerar las obras... Y una vez más elegimos el riesgo gozoso de la incertidumbre, aún a sabiendas de que durante unos meses probablemente debamos vivir en una suerte de "campamento improvisado" donde la palabra PROVISORIO parece haberse transformado en nuestro mantra diario. Si me preguntas, no sabría decirte si somos osados o estamos locos: probablemente haya un poco de cada cosa. Lo cierto es que, a pesar de las precarias condiciones de vida y por más que nuestro veraneo no se ajuste para nada a los cánones tradicionales, la estabilidad emocional que ganamos al estar "por fin en casa" -después de un año entero de tener dos domicilios y no VIVIR en ninguno- y la extraordinaria energía del lugar y su Naturaleza exuberante, nos llenan en cuerpo y alma de un regocijo difícil de explicar con palabras...

Pero de eso te empiezo a contar en unos días, ya que tengo un montón de pequeñas novedades por compartir tanto en texto como en imágenes (otra de las agradables sorpresas de las pasadas semanas fue que, incluso en medio de una mudanza, surgen "viñetas" de sencilla belleza que sólo esperan por un ojo avizor -y una cámara oportuna- para florecer en todo su esplendor). Por ahora me despido, deseándote un feliz comienzo de año y agradeciéndote una vez más por estar ahí... y si me esperas con paciencia, te prometo que prontito paso también a visitarte "como en los viejos tiempos". ¡Abrazos y mil bendiciones!

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