"Los caminos de la vida / no son lo que yo esperaba", se lamentaba Vicentico hace unos cuantos años. Y aunque no haya sido nunca de mis canciones predilectas, a la hora de ponerle cortina musical al largo silencio transcurrido desde mi última incursión por el universo blogger, la dichosa estrofa empezó a dar vueltas insistentemente en mi cabeza...
Es que cuando -allá por diciembre de 2014- surgió la loca idea de construir una vivienda habitable desde cero y documentar virtualmente la aventura a través de estas páginas, creí honestamente que la parte más difícil del proceso sería el comienzo, sortear los obstáculos iniciales, tener que viajar a diario diez kilómetros de ida y vuelta, lidiar con las inclemencias del tiempo y los percances mecánicos, con el presupuesto escaso, la falta de idoneidad técnica y alguno que otro quebranto de salud; pero todo ello se vería compensado -me decía a mí misma en los momentos de flaqueza- cuando por fin pudiésemos mudarnos definitivamente a nuestra cabaña costera y comenzar una nueva vida. En mi fantasía creí que una vez instalados aquí, en pocas semanas la casa se manifestaría "mágicamente" tal cual yo la había soñado y proyectado con tanto amor; y entonces, ya olvidada para siempre del serrucho y el martillo, me dedicaría full time a disfrutarla y a hacer lo que más me ilusionaba: llenar de Belleza cada uno de sus rincones.
Es que cuando -allá por diciembre de 2014- surgió la loca idea de construir una vivienda habitable desde cero y documentar virtualmente la aventura a través de estas páginas, creí honestamente que la parte más difícil del proceso sería el comienzo, sortear los obstáculos iniciales, tener que viajar a diario diez kilómetros de ida y vuelta, lidiar con las inclemencias del tiempo y los percances mecánicos, con el presupuesto escaso, la falta de idoneidad técnica y alguno que otro quebranto de salud; pero todo ello se vería compensado -me decía a mí misma en los momentos de flaqueza- cuando por fin pudiésemos mudarnos definitivamente a nuestra cabaña costera y comenzar una nueva vida. En mi fantasía creí que una vez instalados aquí, en pocas semanas la casa se manifestaría "mágicamente" tal cual yo la había soñado y proyectado con tanto amor; y entonces, ya olvidada para siempre del serrucho y el martillo, me dedicaría full time a disfrutarla y a hacer lo que más me ilusionaba: llenar de Belleza cada uno de sus rincones.
Sin embargo, la Magia y la realidad -al menos tal como se entienden habitualmente ambos conceptos- rara vez van de la mano; así que apenas nos acomodamos en ella, la casa soñada no tardó en mostrarnos una faceta mucho menos romántica. Sí, es verdad, teníamos techo sobre nuestras cabezas; pero apenas caía una lluvia medianamente intensa, las paredes sin revestimiento interior rezumaban humedad, y el agua se colaba por las esquinas de las ventanas, todavía carentes de contramarcos o postigones. Si bien la estructura general aparecía sólida y firme -de hecho, en pleno febrero soportó incólume un viento huracanado de gran intensidad, que derribó árboles y dañó estructuras de otras casas supuestamente más estables en la zona-, aquí y allá comenzaron a aparecer sus innumerables imperfecciones: tablas que se curvaban porfiadamente bajo el implacable sol estival, vigas que develaban ligeros errores de medición, contrapisos demasiado delgados para la base arenosa sobre la que se sustentaban y que empezaron a colapsar, hermosos suelos de madera que a la semana de haber sido colocados vivían cubiertos de polvo la mayor parte del día (conviviendo con dos perros, seis gatos y un niño en una casa sin veredas perimetrales, ¿qué otra cosa podría esperarse?). En resumen, más pronto que tarde todas mis ensoñaciones previas recibieron un baño helado de pragmatismo, y debí afrontar una verdad cruda, implacable, devastadora: mi amada casa no es, ni será nunca, digna de una portada de Jeanne D´Arc Living.
Entonces, comenzó a ganarme el cansancio y el desaliento. Cansancio, porque el cuerpo acusaba el ritmo vertiginoso de los meses previos, de viajes, madrugones y jornadas de trabajo extenuantes, y se negaba a seguir colaborando con el mismo entusiasmo; y desaliento, porque una serie de reveses económicos imprevistos hacían cada vez más cuesta arriba el avance de las obras (es que al final desistimos de cualquier financiamiento bancario, y cada etapa de la construcción la hemos ido solventando a fuerza de puro y duro ahorro). Así que, en vez de continuar con el maratónico cronograma de actividades que veníamos desarrollando hasta ese momento, decidí quitar el pie del acelerador, tomar los recaudos mínimos para sobrevivir decorosamente al invierno y dedicarme a recuperar energías, con la esperanza de retomar los planes constructivos una vez que el clima se tornase más benigno. Entre tanto, todas las preciosidades que había traído de mi casa anterior con la ilusión de engalanar la nueva -ropa de cama y mantelería antigua con bordados y puntillas, cuadros y adornos diversos, lámparas con caireles, platería, candelabros y piezas de porcelana inglesa, más los DIY que solía confeccionar para los Findes Frugales y una veintena de proyectos similares inéditos- quedaron apiladas en múltiples cajas y cajones dispersos por los rincones, sin que nada me motivara a desempacarlos... Para ser franca, estaba enojada: enojada con la casa por no ser todo lo perfecta que mi ansiedad demandaba, y conmigo misma por no poder hacer nada para remediarlo. De pronto me sentía como un barco varado en la playa: inútil, fuera de lugar y sin poder llegar a ningún destino concreto.
Pero los caminos de la vida aún tenían muchas lecciones para enseñarme; y 2016, que a priori se presentaba tan promisorio, terminó siendo ni más ni menos lo que numerológicamente estaba destinado a ser: un año de finales, más que de principios. A mediados de julio hube de dar el adiós definitivo a mi padre, quien -como me gusta decir- "se mudó al cuarto de al lado" tras perder su batalla contra una larga y penosa enfermedad, que en las semanas postreras lo había convertido en una triste sombra del hombre fuerte, orgulloso y batallador que supo ser...
Y más allá de los sentimientos encontrados (el dolor por la ausencia de alguien tan cercano y marcante en mi vida, y al mismo tiempo el alivio de saber que había logrado por fin romper las cadenas del sufrimiento), esta experiencia me sumió en profundas reflexiones existenciales acerca del desapego. Un concepto que se vería reforzado en los meses subsiguientes a través de otras pérdidas, quizá no tan trascendentes pero igualmente aleccionadoras: amigos que partieron inesperadamente dejándome un sabor agridulce en el corazón, mascotas queridas que debí ayudar en su transición a otro plano, proyectos y expectativas a los que tuve que renunciar porque ya no se ajustaban a mi realidad, objetos significativos en mi historia personal que cumplieron su ciclo y dejaron de pertenecerme.
Fue allí cuando la casa -sí, esa misma casa burda, inconclusa y llena de defectos contra la que tanto despotriqué-, se convirtió en mi fortaleza y santuario, una suerte de capullo protector donde la crisálida de mi Alma se refugió en soledad para restañar las heridas, asimilar los conocimientos adquiridos y, con algo de suerte, emerger algún tiempo después transformada y con alas nuevas para mis sueños.
He aquí lo que aprendí en este año y pico de retiro espiritual: a menudo los caminos de la vida nos llevan por direcciones bien diferentes de las que habíamos planeado. A veces seguimos caminos que nos hechizan a primera vista, pero que luego comprobamos no conducen a ninguna parte...
A veces, después de un rato de deambular sin ton ni son, caemos en la cuenta de que hemos estado caminando en círculos;
y otras veces, por distintas circunstancias, sentimos la necesidad de dar un paso al costado, o incluso hacia atrás (¡aunque sólo sea para tomar impulso!)
Algunas veces los rigores del camino nos llevan a sentirnos solitarias, casi aisladas del mundo...
... e incluso en ocasiones, cansadas de tanto andar, sin darnos cuenta nos perdemos a nosotras mismas por el camino.
Pero si no nos rendimos, si continuamos caminando a pesar de todos los pesares, tarde o temprano el camino nos devolverá benévolamente de regreso a donde pertenecemos...
...y no hay emoción más pura que la de reencontrarse con una misma, después de estar perdida por mucho tiempo!
Entonces, finalmente, comprendemos que la Belleza y la Magia no necesitan de ampulosidades para manifestarse, sino que anidan en las cosas más simples y cotidianas, incluso aquellas que otros considerarían "imperfectas"...
...y recordamos que, sin importar en qué etapa del camino nos encontremos, la auténtica Felicidad consiste en florecer cada primavera justo donde estamos plantadas!
Por eso, querida amiga, si todavía estás ahí quiero celebrar contigo este inesperado regreso a mi hogar virtual (aún cuando ella, la casa, todavía permanezca con la mitad de las paredes sin revestir, grietas en los pisos y cajas de cartón dispersas por los rincones); y también invitarte a caminar juntas un tramo más del sendero, como solíamos hacerlo años atrás...
Así, de paso honraremos al poeta inmortal que, hace más de un siglo, escribía con sabiduría infinita:
"Caminante, son tus huellas el camino y nada más:
caminante, no hay camino; se hace camino al andar..."
Nos leemos prontito. ¡Un millón de bendiciones!






