Hoy es uno de esos raros días en que me siento frente a la página en blanco y las palabras se me resisten.
En realidad, llevo más de una semana coqueteando con la posibilidad de escribir un nuevo post, tomando fotos y editándolas, redescubriendo a través del ojo curioso de la cámara estampas que empiezan a hacerse cada más habituales -y por ende, inadvertidas- y experimentando pequeñas epifanías cotidianas mientras contemplo con el corazón rebosante de gratitud cuánto hemos avanzado en esta aventura, que al principio se me antojaba casi quimérica. Sin embargo, a la hora de hilvanar una historia que les sirva de soporte, de intentar explicarte por qué me resulta significativa la imagen de una pared de madera desnuda o de un baño a medio revestir, mi habitual verborragia literaria se esfuma y temo caer en el ridículo y la sensiblería barata...
Como ya he dicho en oportunidades anteriores, creo que hay muchas formas de buscar el crecimiento interior al que todos, en cuanto seres humanos, aspiramos: algunos arman una mochila y se lanzan a recorrer el mundo sin mucho más que un mapa, una brújula y un diccionario -¡o a veces, incluso sin ellos!-; otros eligen la sagrada serenidad de un ashram para encontrarse a sí mismos a través de una vida silente y contemplativa; unos se abocan con pasión a una profesión, un deporte o una actividad artística en procura de la plenitud personal, y otros... otros construimos casas.
Dice Paulo Coelho en Brida que "cada persona, en su existencia, puede tener dos actitudes: construir o plantar. Los constructores pueden demorar años en sus tareas, pero un día terminan aquello que estaban haciendo. Entonces se paran y quedan limitados por sus propias paredes. La vida pierde el sentido cuando la construcción acaba".
"Pero existen los que plantan. Éstos a veces sufren con las tempestades, las estaciones y raramente descansan. Pero al contrario que un edificio, el jardín jamás para de crecer. Y, al mismo tiempo que exige la atención del jardinero, también permite que, para él, la vida sea una gran aventura".
Durante muchos años creí de buena fe que Coelho tenía razón, que sólo los "sembradores" eran sabios en sus elecciones de vida, mientras que los "constructores" estaban limitados por las dimensiones de su propia obra y tarde o temprano -al llegar al techo- todo aquello por lo que habían luchado y en lo que habían creído perdería significado. Sin embargo, en los últimos meses he descubierto que en realidad, construir y plantar son apenas dos caminos diferentes que conducen hacia un mismo destino; y que la aventura -y el aprendizaje- no residen tanto en lo que hagas, sino en cómo lo hagas. Así, hay jardineros que se limitan a sembrar cuatro plantitas en una terraza de un metro por un metro, y también hay constructores que nunca dan una obra por terminada (o mejor aún, que cuando finalizan una ya están con los planos en la mano para empezar otra nueva...)
Por eso, al menos en esta etapa, no me avergüenza asumirme como constructora. De hecho, siento con orgullo que en la misma medida que las paredes de mi casa crecen, se fortalecen también mis convicciones, mis ideales y mis sueños; que en cada uno de sus rincones encuentro un símbolo elocuente de mi propia maduración y re-conocimiento como mujer y como ser espiritual transitando una experiencia humana. Y que, en definitiva, el lugar físico donde habito representa mucho más que una estructura de cemento o madera; es un espacio sagrado, por cuanto constituye la manifestación material del "santuario interior", ese lugar sereno y apacible dentro de mí misma donde habita el Alma Esencial...
Y sin embargo, estoy plenamente consciente de que la casa no soy yo. Por más energía, disciplina, esfuerzo, creatividad y amor que invierta día a día en ella, no pierdo de vista que es apenas una estación de tren, o la posada que me hospeda durante la noche en este tramo del peregrinaje. Al igual que las personas con las que nos relacionamos emocionalmente, las casas en las que vivimos nos sanan, cobijan y enriquecen en tanto somos capaces de apreciarlas como bonus tracks, es decir, como bendiciones deseables pero no imprescindibles que nos son dadas en determinados momentos de la vida para que la disfrutemos más y mejor. No obstante, si nos apegamos a ellas y comenzamos a sentir que constituyen nuestra única fuente de seguridad, si nos identificamos a nosotras mismas exclusivamente en función de ese lugar -o del rol que jugamos dentro de esa relación-, entonces dejan de ser un elemento positivo para convertirse en meras cadenas que nos esclavizan y nos impiden volar.
En el pasado cometí ese error varias veces: desde que abandoné el hogar paterno para estrenarme como esposa y "ama de casa" (en el sentido más amplio del término), de cada una de las viviendas donde me tocó habitar me enamoré perdidamente -truly, madly, deeply, como dice la canción-. A algunas de ellas (las alquiladas) las consideraba una especie de amantes apasionadas: por más que me sintiera extraordinariamente bien en su compañía, no perdía de vista que eran "ajenas" y que tarde o temprano regresarían a sus legítimos cónyuges. Con una (la regia casona que mandé construir acorde a mi recién adquirido estatus profesional, y cuya hipoteca se tornaría impagable tras la crisis económica de 2002) me "casé", suponiendo que era la definitiva, el lugar donde me asentaría, criaría hijos y envejecería. Sin embargo en todos los casos -años más, años menos- y por diversos motivos, tras una primera etapa de armonía y buena convivencia comenzaron a suscitarse "riñas y disputas cada vez más frecuentes", que a la larga devinieron en "diferencias irreconciliables que hacen insostenible la vida en común". Y cada separación significó un duelo emocional que sólo el tiempo (y un nuevo "amor") fueron capaces de mitigar, al menos en parte.
He aquí mi aprendizaje más reciente: no existe eso que llamamos "estabilidad". A mí, y seguramente también a ti, nos han enseñado que una de las señales de madurez emocional consiste en alcanzar un determinado statu quo:
un trabajo estable, una vivienda estable, una pareja estable. Sin
embargo, ¿cuántos trabajos "estables" se pierden a diario por empresas que quiebran, reducciones de presupuesto o simplemente por avances tecnológicos que sustituyen mano de obra? ¿Cuántas viviendas "estables" acaban arrasadas por inundaciones, incendios y huracanes, o subastadas por acreedores, o malvendidas por rencillas familiares? ¿Cuántas parejas "estables" que se unen con pompa y ceremonia bajo el juramento de hasta que la muerte nos separe, terminan arrancándose los ojos en los tribunales apenas un par de años después?
Así pues, no debería asustarnos tanto la palabra PROVISORIO... ¡al fin y al cabo, todo es provisorio en esta vida, hasta el mismo hecho de estar vivos! Si la felicidad residiera en alcanzar objetivos definitivos e inmutables, nadie tendría la posibilidad de ser auténticamente feliz, porque la vida es perpetuo cambio y tu mundo puede volverse de cabeza en el momento en que menos lo esperas...
De ahí que esta vez -más sabia o más cobarde, no sabría decirte- elegí vivir en concubinato con mi nueva casa: una relación amorosa y comprometida, pero sin certificados de garantía; una convivencia que se construye día a día en el intercambio de enseñanzas y cuidados recíprocos, y que durará únicamente en tanto resulte positiva y enriquecedora para ambas partes. Decidí empezar a practicar el desapego desde el día mismo en que dimos el salto al vacío, cargamos todas nuestras pertenencias en un camión y nos mudamos a esta casa, por más que -como la Venus de Milo- sólo estuviera vestida "de la cintura para abajo", y nos ofreciera apenas las comodidades mínimas.
Así pues, no debería asustarnos tanto la palabra PROVISORIO... ¡al fin y al cabo, todo es provisorio en esta vida, hasta el mismo hecho de estar vivos! Si la felicidad residiera en alcanzar objetivos definitivos e inmutables, nadie tendría la posibilidad de ser auténticamente feliz, porque la vida es perpetuo cambio y tu mundo puede volverse de cabeza en el momento en que menos lo esperas...
De ahí que esta vez -más sabia o más cobarde, no sabría decirte- elegí vivir en concubinato con mi nueva casa: una relación amorosa y comprometida, pero sin certificados de garantía; una convivencia que se construye día a día en el intercambio de enseñanzas y cuidados recíprocos, y que durará únicamente en tanto resulte positiva y enriquecedora para ambas partes. Decidí empezar a practicar el desapego desde el día mismo en que dimos el salto al vacío, cargamos todas nuestras pertenencias en un camión y nos mudamos a esta casa, por más que -como la Venus de Milo- sólo estuviera vestida "de la cintura para abajo", y nos ofreciera apenas las comodidades mínimas.
La amo profundamente, y no pasa un
solo día en que se no lo demuestre, sea añadiendo algún elemento estructural,
buscando crear rinconcitos decorativos aún en medio del caos y la
precariedad general, o simplemente acicalándola tiernamente tras cada incursión
constructiva (si piensas que edificar en madera es más "limpio",
seguro nunca tuviste que surfear en aspiradora sobre altas olas de aserrín!) Y ella
me retribuye con guiños de inesperada y sencilla belleza, me ofrenda los
incipientes frutos de la tierra, y acoge en su regazo los juegos de mi niño.
Pero ambas lo tenemos claro: somos apenas compañeras de viaje; así, si en determinado momento nos toca separarnos, lo haremos sin dramas ni duelos, convencidas de que a cada una le esperará un destino mejor y más feliz. Por ahora, nos dedicamos a disfrutar a pleno del romance, con la complicidad del sopor veraniego y el murmullo del océano que nos acuna a ambas por las noches, mientras aguardamos, inmóviles y expectantes, ver pasar el haz de luz que surca el cielo desde el faro cercano...
Gracias por llegar hasta aquí; te envío un millón de bendiciones, y será hasta el próximo encuentro!





