"El hogar con el que siempre has soñado habita dentro de ti."
SARAH BAN BREATHNACH

sábado, 20 de febrero de 2016

Saltar al vacío


Hoy es uno de esos raros días en que me siento frente a la página en blanco y las palabras se me resisten. 

En realidad, llevo más de una semana coqueteando con la posibilidad de escribir un nuevo post, tomando fotos y editándolas, redescubriendo a través del ojo curioso de la cámara estampas que empiezan a hacerse cada más habituales -y por ende, inadvertidas- y experimentando pequeñas epifanías cotidianas mientras contemplo con el corazón rebosante de gratitud cuánto hemos avanzado en esta aventura, que al principio se me antojaba casi quimérica. Sin embargo, a la hora de hilvanar una historia que les sirva de soporte, de intentar explicarte por qué me resulta significativa la imagen de una pared de madera desnuda o de un baño a medio revestir, mi habitual verborragia literaria se esfuma y temo caer en el ridículo y la sensiblería barata...


Como ya he dicho en oportunidades anteriores, creo que hay muchas formas de buscar el crecimiento interior al que todos, en cuanto seres humanos, aspiramos: algunos arman una mochila y se lanzan a recorrer el mundo sin mucho más que un mapa, una brújula y un diccionario -¡o a veces, incluso sin ellos!-; otros eligen la sagrada serenidad de un ashram para encontrarse a sí mismos a través de una vida silente y contemplativa; unos se abocan con pasión a una profesión, un deporte o una actividad artística en procura de la plenitud personal, y otros... otros construimos casas.


Dice Paulo Coelho en Brida que "cada perso­na, en su existencia, puede tener dos actitudes: construir o plantar. Los constructores pueden demorar años en sus tareas, pero un día terminan aquello que estaban haciendo. Entonces se paran y quedan limitados por sus propias paredes. La vida pierde el sentido cuando la construcción acaba".

"Pero existen los que plantan. Éstos a veces sufren con las tempestades, las estaciones y raramente descansan. Pero al contrario que un edificio, el jardín jamás para de crecer. Y, al mismo tiempo que exige la atención del jardinero, también permite que, para él, la vida sea una gran aventura".


Durante muchos años creí de buena fe que Coelho tenía razón, que sólo los "sembradores" eran sabios en sus elecciones de vida, mientras que los "constructores" estaban limitados por las dimensiones de su propia obra y tarde o temprano -al llegar al techo- todo aquello por lo que habían luchado y en lo que habían creído perdería significado. Sin embargo, en los últimos meses he descubierto que en realidad, construir y plantar son apenas dos caminos diferentes que conducen hacia un mismo destino; y que la aventura -y el aprendizaje- no residen tanto en lo que hagas, sino en cómo lo hagas. Así, hay jardineros que se limitan a sembrar cuatro plantitas en una terraza de un metro por un metro, y también hay constructores que nunca dan una obra por terminada (o mejor aún, que cuando finalizan una ya están con los planos en la mano para empezar otra nueva...)

Por eso, al menos en esta etapa, no me avergüenza asumirme como constructora. De hecho, siento con orgullo que en la misma medida que las paredes de mi casa crecen, se fortalecen también mis convicciones, mis ideales y mis sueños; que en cada uno de sus rincones encuentro un símbolo elocuente de mi propia maduración y re-conocimiento como mujer y como ser espiritual transitando una experiencia humana. Y que, en definitiva, el lugar físico donde habito representa mucho más que una estructura de cemento o madera; es un espacio sagrado, por cuanto constituye la manifestación material del "santuario interior", ese lugar sereno y apacible dentro de mí misma donde habita el Alma Esencial... 


Y sin embargo, estoy plenamente consciente de que la casa no soy yo. Por más energía, disciplina, esfuerzo, creatividad y amor que invierta día a día en ella, no pierdo de vista que es apenas una estación de tren, o la posada que me hospeda durante la noche en este tramo del peregrinaje. Al igual que las personas con las que nos relacionamos emocionalmente, las casas en las que vivimos nos sanan, cobijan y enriquecen en tanto somos capaces de apreciarlas como bonus tracks, es decir, como bendiciones deseables pero no imprescindibles que nos son dadas en determinados momentos de la vida para que la disfrutemos más y mejor. No obstante, si nos apegamos a ellas y comenzamos a sentir que constituyen nuestra única fuente de seguridad, si nos identificamos a nosotras mismas exclusivamente en función de ese lugar -o del rol que jugamos dentro de esa relación-, entonces dejan de ser un elemento positivo para convertirse en meras cadenas que nos esclavizan y nos impiden volar.


En el pasado cometí ese error varias veces: desde que abandoné el hogar paterno para estrenarme como esposa y "ama de casa" (en el sentido más amplio del término), de cada una de las viviendas donde me tocó habitar me enamoré perdidamente -truly, madly, deeply, como dice la canción-. A algunas de ellas (las alquiladas) las consideraba una especie de amantes apasionadas: por más que me sintiera extraordinariamente bien en su compañía, no perdía de vista que eran "ajenas" y que tarde o temprano regresarían a sus legítimos cónyuges. Con una (la regia casona que mandé construir acorde a mi recién adquirido estatus profesional, y cuya hipoteca se tornaría impagable tras la crisis económica de 2002) me "casé", suponiendo que era la definitiva, el lugar donde me asentaría, criaría hijos y envejecería. Sin embargo en todos los casos -años más, años menos- y por diversos motivos, tras una primera etapa de armonía y buena convivencia comenzaron a suscitarse "riñas y disputas cada vez más frecuentes", que a la larga devinieron en "diferencias irreconciliables que hacen insostenible la vida en común". Y cada separación significó un duelo emocional que sólo el tiempo (y un nuevo "amor") fueron capaces de mitigar, al menos en parte.


He aquí mi aprendizaje más reciente: no existe eso que llamamos "estabilidad". A mí, y seguramente también a ti, nos han enseñado que una de las señales de madurez emocional consiste en alcanzar un determinado statu quo: un trabajo estable, una vivienda estable, una pareja estable. Sin embargo, ¿cuántos trabajos "estables" se pierden a diario por empresas que quiebran, reducciones de presupuesto o simplemente por avances tecnológicos que sustituyen mano de obra? ¿Cuántas viviendas "estables" acaban arrasadas por inundaciones, incendios y huracanes, o subastadas por acreedores, o malvendidas por rencillas familiares? ¿Cuántas parejas "estables" que se unen con pompa y ceremonia bajo el juramento de hasta que la muerte nos separe, terminan arrancándose los ojos en los tribunales apenas un par de años después?

Así pues, no debería asustarnos tanto la palabra PROVISORIO... ¡al fin y al cabo, todo es provisorio en esta vida, hasta el mismo hecho de estar vivos! Si la felicidad residiera en alcanzar objetivos definitivos e inmutables, nadie tendría la posibilidad de ser auténticamente feliz, porque la vida es perpetuo cambio y tu mundo puede volverse de cabeza en el momento en que menos lo esperas...


De ahí que esta vez -más sabia o más cobarde, no sabría decirte- elegí vivir en concubinato con mi nueva casa: una relación amorosa y comprometida, pero sin certificados de garantía; una convivencia que se construye día a día en el intercambio de enseñanzas y cuidados recíprocos, y que durará únicamente en tanto resulte positiva y enriquecedora para ambas partes. Decidí empezar a practicar el desapego desde el día mismo en que dimos el salto al vacío, cargamos todas nuestras pertenencias en un camión y nos mudamos a esta casa, por más que -como la Venus de Milo- sólo estuviera vestida "de la cintura para abajo", y nos ofreciera apenas las comodidades mínimas.


La amo profundamente, y no pasa un solo día en que se no lo demuestre, sea añadiendo algún elemento estructural, buscando crear rinconcitos decorativos aún en medio del caos y la precariedad general, o simplemente acicalándola tiernamente tras cada incursión constructiva (si piensas que edificar en madera es más "limpio", seguro nunca tuviste que surfear en aspiradora sobre altas olas de aserrín!) Y ella me retribuye con guiños de inesperada y sencilla belleza, me ofrenda los incipientes frutos de la tierra, y acoge en su regazo los juegos de mi niño.



Pero ambas lo tenemos claro: somos apenas compañeras de viaje; así, si en determinado momento nos toca separarnos, lo haremos sin dramas ni duelos, convencidas de que a cada una le esperará un destino mejor y más feliz. Por ahora, nos dedicamos a disfrutar a pleno del romance, con la complicidad del sopor veraniego y el murmullo del océano que nos acuna a ambas por las noches, mientras aguardamos, inmóviles y expectantes, ver pasar el haz de luz que surca el cielo desde el faro cercano...


Gracias por llegar hasta aquí; te envío un millón de bendiciones, y será hasta el próximo encuentro!
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domingo, 31 de enero de 2016

Aprendizajes


"La puerta rechina un poco bajo la presión de mi mano. Apenas entrar, un perfume único me envuelve sutilmente: aroma a resina de pino mezclado con frambuesas recién cosechadas, ropa secada al sol, solvente de pintura y un cierto remanente de la salsa de anoche. Me quito los zapatos -sintiendo el impulso ancestral de quien ingresa a un santuario- y complacida apoyo mis pies descalzos sobre las baldosas rústicas, mientras me dejo abrazar por la energía del entorno: por fin estoy en casa."
Han pasado varios meses desde la última incursión por esta bitácora virtual. Fueron tiempos marcados por peripecias domésticas y espirituales, en los que recorrí caminos sinuosos e incluso llegué a cuestionarme el sentido mismo de ser bloguera. Contagiada por el entusiasmo de mi desmesurada amiga Paula, en algún momento supuse que valía la pena intentar abrir dentro del universo 2.0 un espacio un poco más "profesional": así nació Entre nosotras, un proyecto de intercambio vivencial destinado a compartir con otras mujeres conocimientos metafísicos y prácticos que he ido cosechando a lo largo de los años, y eventualmente dar lugar a un emprendimiento online orientado al crecimiento personal, familiar, laboral y espiritual, donde en mi calidad de "consejera intuitiva" -según la propia Paula dio en definirme- proporcionaría herramientas de autosuperación y empoderamiento femenino a través de videos, e-books, webinars, etc. (en resumen, como expresé alguna vez, una especie de "Albergue de las Mujeres Tristes" pero en versión virtual). Y como soy de las personas que no descartan ningún camino antes de haberlo recorrido al menos por un tiempo, me aboqué a la tarea con toda la voluntad y aplicación de una alumna esmerada...


No voy a alargar inútilmente la historia: al cabo de tres semanas de calendarios editoriales estrictos, exhaustiva investigación (porque había que variar los temas para no aburrir), escritura a conciencia -incluso variando mi estilo habitual, que empezó a parecerse sospechosamente al de mi mentora-, complicadas estrategias de promoción en redes sociales y romances más o menos tortuosos con conceptos como visibilidad, estadísticas, newsletters y lista de suscriptores, un acceso de fiebre de origen desconocido que me postró en cama durante seis días obligó a mirarme al espejo y admitir lo evidente:  no soy, ni quiero ser, una bloguera "pro". Para ser exacta, mi proverbial extremismo me llevó a preguntarme seriamente si valía la pena seguir siendo bloguera a secas... Y como acostumbro hacer cada vez que un cuestionamiento existencial perturba mi espíritu, decidí tomarme un tiempo de retiro en el monasterio interior, aislada casi por completo del universo virtual y ensimismada en el trajinar cotidiano (ya lo dijo Sarah Ban Breathnach: las tareas domésticas pueden transformarse en una estupenda forma de meditación), hasta hallar dentro de mí misma las respuestas que buscaba.

¡Y vaya si las encontré! Descubrí, por ejemplo, que me parezco más a una maratonista que a una corredora de 100 metros: si bien poseo la resistencia y perseverancia para afrontar un esfuerzo sostenido y un paso constante durante muchos kilómetros, la velocidad o inmediatez (condiciones esenciales en el "universo paralelo" de Internet y las redes sociales) no son para nada mi fuerte, y de hecho me abruman completamente. Ya lo he confesado en reiteradas oportunidades: soy una persona de temperamento SLOW, por tanto cualquier actividad real o virtual que implique celeridad o apresuramiento me resulta inevitablemente estresante; y después de haber convivido a diario con el estrés por un cuarto de siglo -primero como estudiante y luego como profesional- hasta el punto de poner en serio riesgo mi salud física y mental, en esta etapa de mi vida ELIJO divorciarme definitivamente de ese conviviente tóxico y mantenerlo, dentro de lo posible, a prudencial distancia (por ejemplo me niego visceralmente a conducir un auto, aun a riesgo de transformarme a futuro en una patética parodia de Driving Miss Daisy...)


Por otro lado -y aunque me llevó algo más de tiempo-, finalmente alcancé a comprender que no tengo por qué sentirme frustrada o fuera de foco porque mis intereses o formas de expresión no vayan "con la corriente". En otras palabras: el hecho de que casi todo el mundo pronostique que el éxito laboral presente y futuro está condicionado a saber moverse en un mundo globalizado y a manejar eficientemente la realidad virtual generada por Internet, no necesariamente significa que eso sea verdad para mí... y de hecho NO LO ES. Si bien me apasiona la perspectiva de aplicar mi natural empatía para orientar y motivar a las personas en general -y a las mujeres en particular- a fin de que logren un mayor bienestar en todos los aspectos de su vida, comparando diez años de experiencia como terapeuta Reiki con este brevísimo rol de "consejera intuitiva virtual" llegué a la conclusión de que para que mi tarea realmente rinda frutos es imprescindible el contacto físico directo, presente, sensorial. Aunque haya hoy por hoy miles de "emprendedores" ganándose legítimamente la vida con una variopinta oferta de cursos y programas de autoayuda online, a mí no me basta con escribir -y tal vez, excepcionalmente, disertar- con aires de lejana autosuficiencia desde el otro lado de una pantalla. Necesito mirarte a los ojos mientras conversamos, compartir una taza de chocolate caliente o un té helado, tomarte de la mano, respirar a tu ritmo, acompañarte en una meditación, abrazarte si es preciso...

Y si te sorprende que te hable así, de tú a tú, déjame contarte que ese fue uno de los aprendizajes más valiosos de mi experiencia Entre nosotras: descubrí que me siento mucho más cómoda escribiéndote de primera a segunda persona del singular, en vez de los plurales que solía usar en el pasado para dirigirme a un público lector al que, en cierta forma, sentía indefinido y anónimo (¡gracias una vez más, Pau, por contribuir a que hallara un estilo mucho más auténtico!). Otra cosa que aprendí es que, más allá de mantener como bloguera mi habitual estética barroca, el contenido de los posts necesita un mínimo de limpieza y claridad para permitir su accesibilidad no sólo desde la PC sino también desde los nuevos compañeros tecnológicos que han invadido nuestra cotidianidad, como las tablet o los smartphones; así que a partir de ahora procuraré publicar en un formato y con un tipo de fuente más "tradicionales", para que puedas leerme cómodamente desde donde te encuentres y sea cual sea tu herramienta de acceso a esta comunidad virtual...


Porque a esta altura ya te habrás dado cuenta: después de pensármelo bien durante meses, la respuesta a mi pregunta de "si valía la pena seguir siendo bloguera" acabó siendo un rotundo SÍ. Aunque sea un sí condicionado a ciertas reglas -que dicho sea de paso, son prácticamente las mismas que aplico a mis diarios personales-: escribir cuando, cuanto y acerca de lo que me inspire cada momento particular de mi vida, sin presiones, agendas ni calendarios, sin contar visitas, planificar estrategias de marketing o tener en cuenta fluctuaciones de tráfico; o dicho en el lenguaje de Paula, enarbolando con orgullo y rebeldía subversiva mi bandera de bloguera hedonista

Por eso, si bien no cerraré Entre nosotras (porque entiendo que el contenido allí incluido todavía puede resultar de interés y utilidad para potenciales lectoras, y porque no descarto reflotarlo a futuro, si las circunstancias lo ameritan), en este momento particular he preferido regresar a mi House of Belonging y retomar el propósito original de compartir contigo, paso a paso, cómo es posible construir desde cero un auténtico hogar/santuario para el cuerpo, la mente y el Alma... De ahí que hallara oportuno encabezar este primer post del año con una cita de mis "Páginas Matinales", donde plasmé una bella epifanía cotidiana inspirada en mi nueva casa, pero que también describe a la perfección las sensaciones experimentadas en el retorno al mundo blogger.


Por lo pronto, te adelanto que este incipiente 2016 nos empujó, como familia, a una decisión tan arriesgada como emocionante: mudarnos definitivamente a nuestro rincón costero, si bien la cabaña en sí misma todavía dista bastante de poder ser definida como una "vivienda habitable". Al igual que el fin de año anterior -cuando nos embarcamos en el alocado proyecto de construirla con nuestras propias manos y dentro de un presupuesto mínimo-, este pasado diciembre nos confrontó con una difícil disyuntiva: continuar pagando alquiler en la casa de Chuy y progresando a pasos de bebé en la construcción, o lanzarnos en caída libre a la aventura de la mudanza y así generar el ahorro necesario para acelerar las obras... Y una vez más elegimos el riesgo gozoso de la incertidumbre, aún a sabiendas de que durante unos meses probablemente debamos vivir en una suerte de "campamento improvisado" donde la palabra PROVISORIO parece haberse transformado en nuestro mantra diario. Si me preguntas, no sabría decirte si somos osados o estamos locos: probablemente haya un poco de cada cosa. Lo cierto es que, a pesar de las precarias condiciones de vida y por más que nuestro veraneo no se ajuste para nada a los cánones tradicionales, la estabilidad emocional que ganamos al estar "por fin en casa" -después de un año entero de tener dos domicilios y no VIVIR en ninguno- y la extraordinaria energía del lugar y su Naturaleza exuberante, nos llenan en cuerpo y alma de un regocijo difícil de explicar con palabras...

Pero de eso te empiezo a contar en unos días, ya que tengo un montón de pequeñas novedades por compartir tanto en texto como en imágenes (otra de las agradables sorpresas de las pasadas semanas fue que, incluso en medio de una mudanza, surgen "viñetas" de sencilla belleza que sólo esperan por un ojo avizor -y una cámara oportuna- para florecer en todo su esplendor). Por ahora me despido, deseándote un feliz comienzo de año y agradeciéndote una vez más por estar ahí... y si me esperas con paciencia, te prometo que prontito paso también a visitarte "como en los viejos tiempos". ¡Abrazos y mil bendiciones!

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viernes, 7 de agosto de 2015

Construyendo puentes

Jardín japonés, Museo Blanes (Montevideo/Uruguay)

Seguramente al leer el título, algunas de ustedes se habrán sentido desorientadas. ¿Es que edificar una casa no le resultó bastante desafío?¿ahora pensará dedicarse a la ingeniería?, quizá más de una se haya preguntado, entre la risa y el asombro. 

Tranquilas, no es nada de eso. De hecho y sólo a los efectos informativos, diré que la obra de nuestra cabaña playera sigue paralizada, en parte debido a los contratiempos ya explicados en entradas anteriores -carencia temporal de locomoción para trasladar materiales- y en parte debido a un clima impredecible que tan pronto nos castiga con sensaciones térmicas cercanas a 0ºC como nos obsequia "veranillos" agobiantes que pronto se decantan en tormentas intensas y lluvias torrenciales -desde hace semanas en el sur de Brasil, y ahora también en Uruguay, hay miles de personas evacuadas de sus hogares por causa de las inundaciones...- 

Entonces, ¿qué ando haciendo por acá?¿No es acaso este un blog destinado a documentar la construcción de mi casa?

Bueno, no exactamente. Es verdad, trata sobre CONSTRUIR; pero la cabaña, en cuanto objeto material, se ha manifestado apenas como un modesto símbolo de un proceso mucho más amplio y profundo. Como les contaba en uno de los primeros posts, desde el inicio mismo de nuestra aventura constructiva intuí que junto con los trabajos de edificación propiamente dichos, se estaba gestando una transformación profunda a nivel interior, destinada en última instancia a generarme una nueva realidad, más auténtica y acorde a los anhelos de mi Ser Esencial...


En el Tarot, las transformaciones radicales están representadas por el Arcano XVI: LA TORRE. La imagen alegórica correspondiente nos muestra un torreón alcanzado por un rayo, cuya parte superior se desmorona entre una lluvia de rocas y escombros, mientras -en las versiones clásicas- dos figuras humanas caen al vacío desde la misma. En su significado adivinatorio, la Torre anuncia un tiempo de cambio drástico y repentino, así como la destrucción de todo tipo de estructuras que, aunque proporcionan seguridad, limitan los actos humanos; indica una profunda crisis de personalidad y derrumbamiento del yo interior y de todo cuanto éste representa. 

Si bien en primera instancia creí entender que las tareas preparatorias  para la construcción de nuestro futuro hogar encerraban una metáfora sobre la necesidad de hacer "limpiezas" interiores -de hábitos, de guardarropa y de pensamientos negativos- así como de "poner límites" frente a las demandas energéticas de los demás (especialmente de los dos hombres de mi vida), la Torre se presentó intempestivamente -como es su característica- en el plano que menos esperaba: mi salud. Una delicada intervención quirúrgica de urgencia, con su consiguiente período de convalecencia, me obligó a mirar desde otra perspectiva todos los planes y proyectos que hasta ese momento habían sido prioritarios. De pronto, los exigentes cronogramas constructivos elaborados a principios de año se resquebrajaban, las expectativas de mudanza rápida caían fulminadas por el rayo y la casa, que hasta entonces había sido el símbolo visible de mis objetivos inmediatos, quedaba -igual que la torre del Tarot- literalmente "descabezada"...


Claro que, como toda tormenta, ésta también amainó a su tiempo; y tímidamente volvió a salir el sol. Entonces fue hora de elaborar el reporte de daños y empezar lentamente a remover los escombros dejados por el temporal, para después reformular los bocetos y planificar el comienzo de la reconstrucción... Ahora, una vez limpio el predio donde antes se alzó la Torre, ¿qué sería prudente construir? En el plano puramente físico el objetivo estaba bien definido; pero en el plano metafísico la cosa no parecía tan clara... ¿Sería hora de erigir una nueva casa? ¿una escuela? ¿un santuario? ¿una fortaleza militar? ¿o un gran complejo edilicio que incluyera todo lo anterior? 

Justo en ese momento -como muestra de la perfecta sincronía del Universo- apareció en mi horizonte Paula, una mujer brillante, multifacética en sus desmesuras y con una asombrosa capacidad de convencimiento, para invitarme a seguirla en un proyecto de transformación personal en forma de blog al que dio en llamar, evocativamente, INTENSIONAL. Entre las variadas herramientas que con generosidad ofrecía a aquellas que se atrevieran a acompañarla en el camino del autodescubrimiento y la búsqueda del bienestar, estaba un diario-bitácora donde se supone que debíamos asentar nuestros propios propósitos de cambio, así como la identificación de las creencias negativas que nos frenaban en el intento de materializarlos, y las estrategias que fuésemos capaces de diseñar para superar dichas creencias y alcanzar los objetivos. Y justamente, mientras trabajaba con afán en mi Diario Intensional, sobrevino la revelación de cuál debía ser mi próximo proyecto "constructivo"...

¡Había que tender PUENTES!


 ¿Cómo no se me ocurrió antes? Después de todo, parecía tan obvio... Los puentes acercan puntos aparentemente distantes, permiten alcanzar orillas antes inaccesibles, y nos transportan a salvo por encima de desfiladeros y hondonadas que a priori nos hubiesen parecido insalvables. Y yo, desde el vamos, tenía unos cuantos puentes que construir:

-el puente hacia una salud integral, levantado sobre los pilares de la alimentación natural, la actividad física recreativa y el cuidado personal interior y exterior, con especial énfasis en la erradicación de emociones tóxicas;

-el puente hacia una maternidad plena, cuya construcción implica despejar los obstáculos de la culpa y el perfeccionismo, utilizar la creatividad y la tolerancia como herramientas principales, y aceptar de plano que es una obra necesariamente realizable por etapas; 

-el puente hacia la satisfacción afectiva, el cual a veces sólo requiere limpiar y reforzar los cimientos primigenios de las relaciones, sean éstas de pareja o de amistad (esos mismos que a veces por descuido o por acostumbramiento dejamos resquebrajar o invadir por la vegetación circundante);

-el puente hacia el trabajo ideal, que sólo puede sostenerse equilibrando el peso entre la pasión, la disciplina y el compromiso;

-el puente hacia la realización espiritual, el más sutil y ligero de todos, pero en última instancia el que une la totalidad de los caminos y los conduce a su destino común;

-y el puente hacia los sueños postergados, a menudo fabricado reciclando materiales sobrantes de los otros puentes, aunque no por ello menos fuerte o transitable que ellos...

Pero ahí no acabó el aprendizaje: días después, lo que a priori aparecía como una situación particularmente traumática que nos tocó vivir como familia, se transformó pronto en la excusa para que varios vecinos sencillos y honestos -con los que hasta entonces apenas habíamos cruzado un saludo cortés- se acercaran a manifestarnos su empatía de múltiples maneras, construyendo así a través del diálogo un puente de solidaridad que nos permitirá a todos en el vecindario estar más comunicados y cuidarnos mutuamente.

 Y vos, ¿tenés alas?

Y el más reciente jalón en esta atípica cadena constructiva volvió a llegar a través de Paula, quien -no sin ciertas reticencias de mi parte- se acercó para colocar la piedra fundamental de un nuevo puente: la propuesta de transformar INTENSIONAL en un blog colaborativo, donde me ofrece un rinconcito para compartir periódicamente experiencias y recursos adquiridos en todos estos años de aprendizaje espiritual a partir de la vida cotidiana. Y si bien me siento honrada con la distinción e ilusionada ante el desafío, he de admitir que también me asusta un poco -corrijo, bastante- la perspectiva de una exposición virtual mucho mayor que la que modestamente esperé jamás de mis blogs personales (eso sin mencionar el pánico que me genera el compromiso de ajustarme a cronogramas, planificaciones y exigencias temporales a las que, por naturaleza, suelo huir como de la peste!). Pero al mismo tiempo, intuyo con emoción que este particular puente construido en colectivo puede representar una experiencia hondamente enriquecedora a nivel humano, principalmente porque la comunidad de mujeres que Paula ha reunido en torno a su proyecto encierra en su matriz el potencial para gestar y parir una diversidad de expresiones creativas enormemente sanadoras... 

Así que allá me voy, descalza y ligera de equipaje, con las manos y el corazón abiertos, a poner mi granito de arena en el puente Intensional. A las que quieran seguirme hasta allá, sólo puedo asegurarles que serán muy bienvenidas y se encontrarán desde el principio entre amigas. A las que no quieran o no puedan, igualmente siempre estaré aquí esperándolas para continuar tendiendo puentes por este universo virtual.

¡Bendiciones! 

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